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Senderismo como analogía de vida

Hace algunos años practicaba el senderismo. Uno de esos paseos maravillosos es el que les comparto, a los pies del volcán Iztaccíhuatl. La historia inicia un noviembre, a las cinco y media de la mañana en que mi guía tenía planeado llegar antes del amanecer a un Valle llamado Llano Grande para ascender al Volcán.

Eran las 9 de la mañana y con el sol sobre nuestra espalda, tomamos un refrigerio sin descargar nuestro equipaje pues había que ganar la montaña antes de mediodía. Nuestro guía que era un fiel seguidor de las leyes de montaña “no ascender con el estómago lleno” así que me dijo, “es hora de seguir”.

A las doce del mediodía habíamos surcado numerosas veredas del bosque, atravesamos laderas, campos con flores, valles y ciénagas, y llegamos al Albergue. Tomamos tan solo un poco de agua y avanzamos sin reposar. El hambre y el calor me presionaban, continuamos el viaje en forma vertical y pasamos horas y horas ascendiendo en zigzag por entre los zacatones, pasto, estiércol, y piedras.  La pendiente era tan severa que cada paso representaba un gran esfuerzo. Me costaba respirar, tenía mucho calor, mis piernas flaqueaban y no había una sola sombra, solo ráfagas de viento helado y sequía en un paraje desolado. Ningún peregrino. Cada paso me dolía.

De pronto el cielo se nubló, y una suave llovizna refrescó nuestra cara pues llegábamos a Paso de Cortez en medio de una bruma que blanqueaba todo lo que tocaba. Repentinamente cesó la lluvia. El silbido del viento interrumpía mi soledad, y la admiración truncaba mis recuerdos, el guía se apresuraba a caminar delante de mí sin conversar.

En mi caminar me hacía preguntas: ¿por qué estoy aquí?, ¡podría vivir esta experiencia más despacio! pero ¿para qué tanta prisa? ¿por qué tanto silencio?

Quería descansar un poco y le pedí a mi guía que esperara, que me diera un respiro, sin hablar nada, solo me dio la espalda y siguió adelante apresurando el paso.

Mi viaje siguió con gran frustración. El hambre me puso furiosa, quise tirarme al suelo con mi mochila a cuestas. Solo así podría comer y sacarme el agua que escurría sobre mi cara y espalda, por la lluvia que literalmente nos había bañado. Pensé en sentarme a descansar, a echar una siesta y luego continuaría. Me dije: “ya lo decidí” y me paré en mis piernas que temblaban, de frio, de miedo o de agotamiento.

Mi guía, con su silencio incomprensible seguía caminando y por segundos lo cubrió la niebla… Grité que me esperara y lo perdí de vista. En aquel paraje grisáceo retomé el paso poniendo atención al color de la chamarra de mi guía, y prácticamente corrí para alcanzarlo, llorando desesperada.

A las 6 de la tarde sobre una ladera apareció un reflejo plateado entre nubes negras y rayos de luz, era una pequeña construcción de metal, era El Refugio. Por fin, habíamos llegado a unos cuantos pasos de alcanzar la Rodilla del volcán Iztaccíhuatl. Ahí solté en llanto pues quería desplomarme ¡habíamos llegado!

Este Refugio era una pequeña habitación, con una mesa de madera, una gaveta con algunas latas de comida, un par de camastros de madera.

Según mi guía, lo que me ocurrió en mi desesperación se llama “mal de montaña”, es común que los que ascienden por primera vez languidezcan y quieran soltar su carga, y dormir. Me explicó que así se han congelado los exploradores inexpertos. Entonces pensé: “¡su silencio me salvó! Su aparente descortesía significaba que: perder energía en hablar y descansar, me congelaría o nos congelaríamos los dos.”(1)

La travesía había sido difícil porque a cada paso mi cuerpo me hacía un doloroso reclamo, me ardía el amor propio pues me creía más resistente. Nunca imaginé que el dolor de unos momentos antes y las horas de ascenso podrían hacerme valorar la comida y el techo que a las 7 de la tarde, a la luz de una veladora, disfrutamos.

Unos minutos después me quedé profundamente dormida y al amanecer del día siguiente, nos despertaron cuatro nuevos exploradores que traían equipo necesario para ascender al pecho del volcán. Es evidente que ahora sabía algo que antes no sabía. “experiencia es lo que tienes cuando no obtienes lo que quieres” (1)

Nos acompañamos con el regocijo de los nuevos acompañantes durante un tramo donde contemplamos un paisaje extraordinario. Rocas enormes, redondeadas y blancas por la escarcha esparcidas como un juego sobre una cascada de hielo. Era el Glaciar. Avanzamos entre gritos y carcajadas por ese paisaje, hasta que nuestros nuevos amigos tomaron otro sendero, ascendieron por la ladera de rocas y nieve. Esta experiencia de alegría y desenfado me volvieron a la vida “Nunca subestimes la oportunidad de estar alegre” (2)

Así en la historia de nuestras vidas han habido períodos de desesperante cuesta arriba, frente al desamparo ante fuerzas que incomodan, duelen, no imaginamos un final feliz. Aprendí que si detenía el paso, el tiempo me iba a vencer antes de subir la verdadera cuesta. Aprendí que ante la inclemencia del tiempo y de mi amor propio herido, podía “decidir no ser objeto de lástima” (3)

La valentía esta en tener miedo y a pesar de éste, salir adelante. A lo largo de mi práctica profesional, las narraciones de las pacientes en su trayecto frente a la Quimioterapia y a la Radioterapia, me refieren a esta imagen de zancadas y resbalones, pasos lento, y desesperación. Incertidumbre frente al silencio de los médicos para ver que sigue.

La felicidad de encontrar la vida después del malestar está siempre presente la cumbre, como en el ascenso al volcán. Es cualquier parte a donde hayas vencido tus propias marcas. Donde hayas roto tu techo imaginario, un techo de cristal. Tienes la oportunidad de agradecer. (4)

 

Un programa en la Universidad de Carnegie Mellon llamado “La última conferencia de mi vida” fue ofrecida por un paciente adulto con diagnóstico de cáncer de páncreas; en ella plasmó sus reflexiones frente a la vida, como legado para sus hijos.

“Ojalá hubiera vivido la vida que quería y no la que otros querían para mí, ojalá hubiera trabajado menos, para estar más con mis hijos, ojalá me hubiera acercado más a mis amigos, ojalá me hubiera permitido ser mas feliz.”

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Recomendación: ver video El Show de Oprah/paciente de Cáncer. Inspirational Speech by Dr. Randy Pausch. On the Oprah Winfrey Show. The Last Lecture Dr. Pausch Pa. http:/www.firstgiving.com/Randy Pausch Pa.

Nota: La Revista México Desconocido tiene rutas que no requieren implementos sofisticados para subir. CONSULTE ANTES DE PLANEAR SUBIR, CON SU MEDICO ONCÓLOGO.

Psi. Leonor E. Estudillo San Vicente.

Coordinadora del Programa Nacional de Salud Emocional en Salvati AC